La responsabilidad social del influenciador
Hay una figura que cada vez es más y más importante desde la explosión de las redes sociales: el influenciador. Antes de la existencia de las redes sociales había dos tipos de influenciadores (aquellos que te pueden hacer tomar una decisión u otra a la hora, principalmente, de consumir un producto o servicio): las empresas por medio de la publicidad y los amigos/conocidos/familiares, es decir, el entorno más cercano. Si tú querías, por ejemplo, comprarte un coche, lo más normal es que te dejases influir por los anuncios publicitarios y/o por lo que opinase la gente de tu entorno. Estos últimos, como influenciadores tenían un radio de acción realmente pequeño, circunscrito al entorno laboral, familiar o de amistad. Sin embargo, las que tenían mucha más influencia (aunque sólo fuese por el número de personas a las que podían llegar) eras las empresas o marcas por medio de la publicidad. A más presupuesto publicitario, más impacto y, consecuentemente, más influencia en la decisión de compra. Con la aparición de las redes sociales aparece un tercer tipo de influenciador. Alguien en quien confías a la hora de realizar una compra (o votar a un partido, o defender una causa, o …) al igual que hacías antes con aquellos influenciadores de tu entorno más cercano. Alguien en quien posiblemente se confía mucho más que en la publicidad de las marcas: el influenciador en redes sociales. Las marcas se han dado cuenta de esta nueva realidad y cada vez “utilizan” más a estos influenciadores para dar a conocer su mensaje. Así, por ejemplo, una casa rural que acaba de abrir sus puertas puede darse a conocer por medio de una acción en redes sociales para la que se apoye en bloggers, usuarios de Twitter o de Facebook que tengan muchos seguidores y que hablen sobretodo sobre turismo. Así, estos nuevos influenciadores han conseguido una cuota de “poder” que, en algunas ocasiones, ponen a disposición de ciertas empresas o marcas. Y que conste que no me parece mal que estos influenciadores hagan alguna vez de altavoz de las marcas, siempre y cuando apliquen algunas normas éticas básicas tales como no recomendar algo que no les gusta o no intentar ocultar que la marca les ha pedido que hablen de ella. Me parece justo que, por ejemplo, un blogger que dedica gran parte de su tiempo a escribir sobre viajes, consiga de vez en cuando un viaje gratis para conocer un destino turístico del que podrá hablar en su blog más adelante. Al fin y al cabo, en la mayoría de las ocasiones, este tipo de gratificaciones son las únicas que reciben ciertos bloggers por su trabajo. Y lo mismo podría decirse de personas que se dedican a poner en distintas redes sociales información de calidad al alcance de cualquiera. Pero, eso sí, si has conseguido un cierto nivel de influencia en las redes sociales, si has conseguido que cada vez que recomiendas algo haya gente que va inmediatamente a probarlo, entonces considero que no debes quedarte ahí. Si la sociedad te ha dado un estatus de cierta influencia, no debes únicamente aprovecharlo en tu propio beneficio. Considero que en ese caso debes devolverle algo a la sociedad. Tienes la obligación moral de utilizar esa influencia en algo más que conseguir un regalo. Tienes una responsabilidad social. Y os pondré mi caso personal a modo de ejemplo. No soy, para nada, una persona influyente en redes sociales si me comparo con ciertas celebridades. Si medimos la influencia por el número de seguidores en las redes sociales (una manera pésima de medirla, pero que puede valernos para este ejemplo), mi influencia es ínfima frente a cualquier otro usuario de Facebook o Twitter que sea famoso por aparecer en medios de comunicación. Sin embargo, considero que tengo más influencia que otras personas en algunos aspectos. Yo mismo me sorprendo cuando, tras decir en Twitter que estoy probando una aplicación que me está gustando, varias personas me dicen que van a probarla inmediatamente. Y, sí, más de una vez se ha acercado una marca a mí para que hable de ella haciendo uso de esta “cierta influencia”. Pues, bien, el simple hecho de sentirme aunque sea mínimamente influyente hace que me sienta también obligado a denunciar aquellas cosas que me parecen injustas, o que piense que deba dar a conocer acciones que considero justas. Así, si en algún momento se me ha acercado una ONG y me ha pedido que dé a conocer cierta acción que me parece loable, no he dudado ni un segundo en hacerlo, esperando, más que nunca, que mi influencia sirva para algo. Si he leído en la prensa una noticia que me ha puesto los pelos de punta, me he sentido obligado moralmente a darla a conocer para que cada vez haya más y más gente que la conozca y reaccione ante ella. Considero que el influenciador tiene una responsabilidad social muy importante. No debe quedarse en recibir regalos sino que tiene que mojarse. Y si le parece injusta la ablación, gritarlo. Si le parece que la política de los principales partidos políticos es injusta, debe decirlo. Si tiene una postura muy clara ante lo que considera una injusticia, tiene que hacerlo saber. Un influenciador que no se moja, que no denuncia, que no grita cuando hay que gritar, no merece mi respeto ni debería merecer el respeto de aquellos que lo han encumbrado.
Si te ha gustado esta entrada, puedes suscribirte al blog para recibir todos los nuevos contenidos que se publiquen. Suscríbete usando un lector de feeeds (como Google Reader), recibe las actualizaciones por correo electrónico o síguenos en Facebook o Twitter. Entradas Relacionadas:
|
Pingback: Bitacoras.com